Le pidió el divorcio y queda aterrado con la respuesta de su esposa. La última línea te romperá el corazón.

Todos los matrimonios tienen altas y bajas, pero lo verdaderamente importante es nunca soltarse la mano y luchar juntos por salir delante de la situación. Sin estar casado, esta historia te dejará una gran reflexión; hombre le pide el divorcio a su esposa tras varios años casados y la respuesta de ella lo deja impactado, su desenlace te romperá el corazón.

Llegué de noche a casa como todos los días y mi cena ya estaba servida. Mi esposa se sentó frente a mí y cuando iba a preguntarme que si cómo me había ido en el trabajo la callé sutilmente diciéndole que después de mucho pensarlo había llegado a la conclusión de que quería el divorcio. Su rostro no demostró nada de momento, me tomó la mano suavemente y me preguntó el porqué, no respondí y furiosa soltó mi mano y mi gritó que no la merecía. Era de esperarse su reacción, incluso creo que fue muy blanda con respecto a la situación.  

No hablamos más, sólo podía escuchar sus sollozos, su llanto no cesaba, sé que merecía una explicación pero no podía romper más su corazón diciéndole que en el mío solo estaba una mujer y no era ella. No la amaba más, lo único que podía sentir por ella era de cierto modo lástima, compasión y respeto por ser la madre de mi hijo, me sentía incluso agradecido por haberme dado sus mejores años pero seguir con ella ya no era sano.

Sintiéndome el peor hombre de la tierra, en el acuerdo de divorcio asumí que la mitad de todos mis bienes le corresponderían a ella, incluso mitad de mi empresa y la casa sería totalmente suya. Al leerlo, lo hizo pedazos y dijo que lo material era lo último que quería de mí. Lo sentía realmente pues no podía ofrecerle más, la decisión ya estaba tomada y no daría marcha atrás.

A los días, mi decisión se sentía más firme, ella lloraba desconsoladamente y verdaderamente sentía pena por ella, sólo eso. Un día llegué a casa más tarde de lo que acostumbraba, ella continuaba despierta sentada en la mesa escribiendo y decidí ignorar, me sentía tan cansado que me fui a dormir. Al siguiente día sobre la cama había una carta, eran sus condiciones para darme el divorcio; ella no me pidió nada material, lo único que me pedía era un mes más de matrimonio aparentando que todo estaba bien, además tontamente me pedía que durante ese mes la cargara a diario en mis brazos desde la entrada de nuestra casa hasta nuestra habitación como la noche de bodas cada que llegara del trabajo, la razón de esto es que nuestro hijo se encontraba en exámenes finales y no deseaba que nuestro divorcio le afectara en lo más mínimo. Sus peticiones eran ridículas, pensé que se estaba volviendo loca pero lo ahora deseaba el divorcio con más ganas así que acepté sus condiciones, todo para poder estar con la mujer que según yo amaba de verdad.

Los primeros días fueron muy incómodos, me sentía incluso torpe pero la sonrisa y los aplausos de nuestro hijo lo compensaban todo, alegre gritaba por toda la casa ¨Papá y mamá se aman, él la carga como superhéroe¨, sus palabras me hacían sentir mal y ella lucía con la mirada perdida, con un nudo en la garganta me pidió no decirle nada a nuestro hijo sobre el divorcio y yo solo asentí.

Como al quinto día lo hacíamos mejor, sentí su cabeza en mi pecho y yo respiré su aroma, creo que de a poco lo había olvidado. Tenía tanto sin observarla verdaderamente que en ese momento noté que ya no era una mujer joven. Había finas arrugas en su rostro y su pelo comenzaba a tonarse gris. Parte de su envejecimiento era mi culpa, yo estaba acabando con ella y sabía que eso no me lo perdonaría jamás.

Al octavo día la incomodidad se había marchado, había una cercanía entre nosotros que no existía más. Ella me había dado los mejores años de su vida y ahora yo la estaba abandonando, era un maldito miserable, lo sabía pero el divorcio continuaba en pie. Con los días cargarla me parecía más familiar, incluso la sentía tan liviana que la torpeza se había esfumado, ella estaba perdiendo peso y también eso me lo atribuía a mí.

Me sorprendía la manera de actuar de ella, no me mostraba ni coraje ni odio pese a todo, cuando la cargué recargué mi cabeza en la suya y nuestro hijo aplaudió con gran emoción, era él quien me recordaba que era hora de cargar a mamá, era un acto que recordaría siempre en su corazón. Cuando ella estaba lista para que la bajara, la apreté a mi cuerpo con más fuerza como el día de nuestra boda, algo me decía que no debía soltarla pero aun así lo hice pues temía cambiar de opinión con respecto al divorcio.

Jane, la mujer por la que estaba dejando a mi esposa se reía constantemente de ella pues como a mí, su petición le parecía ridícula pero con el pasar de los días ya no lo vi así, incluso debo reconocer que esa cercanía con ella me agradaba.

Cuando era el último día de cargarla y por fin me daría el divorcio, decidí hacer algo antes de llegar a casa. Visité a Jane y le expuse que no me divorciaría de mi esposa. Estaba seguro de lo que quería y era pasar el resto de mi vida a su lado, cargándola a diario como el día de nuestra boda hasta que la muerte nos separara como se lo había prometido en el altar. Jane rió, me insultó y me corrió de su casa. Ya nada me importaba, tenía claras mis ideas, nos estaba matando la rutina pero era ella a quien yo amaba con todas las fuerzas de mi corazón.

Pasé a comprar un ramo de rosas rojas, sus favoritas y agregué una tarjeta que decía: ¨te levantaré cada día como el día de nuestra boda hasta que la muerte nos separe¨.

Llegué emocionado a casa pero al entrar, mi hijo se encontraba llorando, mi mujer había muerto mientras dormía, mientras yo ponía fin a mis dudas y estupidez. Ella llevaba tiempo luchando contra el cáncer y yo sin saber, ¿cómo podría saberlo si me ocupé más en alguien que no era mi mujer? Ella sabía que le quedaba poco tiempo de vida, por eso me había pedido un mes, por eso su petición de cargarla para que ante los ojos de mis hijos pareciera que nos amábamos aunque la realidad era esa, yo la amaba y no tengo duda del inmenso amor que me tenía. No dejé que nadie la cargara, me arrodillé ante ella, le pedí perdón, puse el ramo de rosas en sus manos y la cargué por última vez, esa vez la muerte nos separó…

A veces no les damos a las personas que están a nuestro alrededor el verdadero valor que tienen. ¿Por qué nos esperamos a perderlas para valorarlas? En una relación no importa lo material sino el verdadero amor, cuando algo te importe no tires la toalla con facilidad, lucha y recuerda el por qué decidiste estar con esa persona, sólo lo que no es verdadero termina.

Cada minuto cuenta, ¿ya le dijiste el día de hoy a la persona que está a tu lado cuando la amas? No dejes que la rutina y monotonía mate tu relación, riégala cada día como a una planta para que florezca.

COMPARTE esta hermosa historia con tus amigos, esperamos sirva de reflexión a todas las parejas.

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